domingo, 2 de septiembre de 2007

ER MAESTRO

El maestro llamaba desde el otro extremo de la plaza al animal, eehheee, eeeeeehhiiii, eeeehhhheee, con esa llamada que solo los grandes pueden hacer, desde dentro de los pulmones, con templanza, con gallardía. La plaza estaba abarrotá, todo el mundo en silencio y otra vez la llamada, ¡Que prestancia! Daba envidia verlo, que empaque tenia el tío, eehheee, eeeeeehhiiii, eeeehhhheee, ahora si, el animal sale disparado hacia él y cuando tira el mantel de cuadros que llevaba por capote, la vaquilla lo empotra contra la valla de cemento de la plaza de tientas.

Hasta ahí, todo normal, estábamos de comida de empresa y el maestro no era otro que el jefe de contabilidad. Allí to dios estaba arto de comer, de cerveza, de vino y de cubatas, nos tirábamos al coso e incluso yo mismo escupí arena un par de veces después de los revolcones que nos daba el animal. En esto que me voy a por otra copa justo que veo al contable. Le noté la cara un poco rara, estaba blanco y le dolían los brazos del porrazo. Pensé que todo era del susto y me traje otra copa para él a ver si se le pasaba. La verdad es que tenía una cara muy rara.

A la mañana siguiente su mujer llevó la baja del maestro junto con el parte médico de urgencias del hospital donde explicaba que se había roto los dos codos y que le tuvieron que cortar por dentro la boca para ponerle la mandíbula en su sitio.

Antes de llevarlo al hospital lo tuvimos una hora dándole cubatas con una pajita para ver si se le pasaba “el susto”.

¡Ojú que arte! ¡Zuerte Maestro!

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